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martes, 26 de abril de 2016

El antisemitismo esta creciendo: debemos hacerle frente por lo que de verdad es. Por Owen Jones


Por Owen Jones
17/08/2014

El antisemitismo es una amenaza. El odio al pueblo judío ha persistido dos milenios en las sociedades europeas y se manifiesta en libelos de sangre, persecuciones, expulsiones, pogromos y masacres. En varios momentos de la historia ha sido promovido con fuerza por las élites y absorbido por grandes franjas de la población. Todavía viven entre nosotros sobrevivientes del Holocausto, el único intento de exterminar a todo un pueblo por de forma sistemática e industrializada. Esta atrocidad sin igual, sin duda movilizó a la opinión pública contra el antisemitismo, despojándolo del estatus respetable del que había disfrutado durante mucho tiempo en muchos países europeos, pero eso no quiere decir que haya desaparecido. Como se permitió durante tiempo que circulará por las venas de la sociedad europea, incluso el horror absoluto de la Shoah nunca ha sido capaz de borrarlo por completo. Lejos de estar en retroceso, la evidencia sugiere que el odio anti-judío está aumentando de nuevo.

Escribo esto porque el antisemitismo debe ser tomado muy en serio. Los intentos de restarle importancia son peligrosos, porque permite que el tumor se propague sin control. Pero el asalto israelí contra Gaza ha puesto de relieve otro peligro también. A menudo se ha debatido si se utiliza la acusación de antisemitismo contra todos aquellos que soportan la justa causa palestina o critican las acciones del estado de Israel. La principal objeción es que esa táctica representa un intento de silenciar a quienes critican la ocupación israelí. Sin embargo, hay consecuencias potenciales más peligrosas: entre ellas, y no es la menos importante, que se pierde el significado de que es el antisemitismo, que sea aún más difícil de identificar y de acabar con el odio contra el pueblo judío, especialmente en un momento en el que crece.

En su mayor parte, el sentimiento pro-palestino surge de un sentido de solidaridad con un pueblo oprimido sometidos a la ocupación, asediado y atacado militarmente de manera brutal. La respuesta de muchos partidarios del ataque de Israel contra Gaza ha sido instructiva. En un mundo donde hay tanta injusticia y de rramamiento de sangre, dicen, ¿por qué no se manifiestan contra los asesinos sectarios del Estado Islámico (EI) o Boko Haram? Es lo que se conoce como la excusa de "las dos varas de medir": el intento de desviar la atención sobre una injusticia alegando el sufrimiento de terceros. Algunos defensores de los gobiernos de Israel creen que la supuesto atención especial en el conflicto israelí-palestino es en sí misma una evidencia de antisemitismo. Pero las atrocidades de Israel atraen esta atención porque su estado está armado hasta los dientes y cuenta con el respaldo de los gobiernos occidentales, haciéndolos cómplices directos; IS y Boko Haram, en cambio, tropiezan (con razón)con la oposición de nuestros gobernantes. Las manifestaciones y protestas son en general un medio para ejercer influencia sobre gobiernos supuestamente democráticos que tienen que rendir cuentas.Lo que no quiere decir que la monstruosidad del antisemitismo haya estado ausente de la reacción contra las acciones de Israel. El mes pasado, una sinagoga y varios negocios judíos fueron atacados en el suburbio parisino de Sarcelles. He encontrado declaraciones y posiciones que confunden pueblo judío y gobierno israelí, que es lo mismo que hacen algunos sionistas acérrimos, y cuyas implicaciones no son menos antisemitas. Ha habido amenazas y agresiones contra judíos en varios países europeos. Un caso siniestro de pedantería que sigue reapareciendo de vez en cuando es la afirmación de que el término "antisemitismo" es en sí misma falso, porque los árabes son semitas también. como si el término "antisemitismo" no significara popularmente odio contra los judíos desde finales del siglo XIX. Se trata de un intento poco sincero de hacer imposible identificar este odio anti-judío mediante juegos de palabras. Una réplica habitual es que Israel es por sí mismo la fuente del antisemitismo; que su brutalidad contra el pueblo palestino alienta el odio contra el pueblo judío.



Esto es un disparate, como la racionalización de los prejuicios contra los musulmanes como la consecuencia inevitable del terror fundamentalista islámico: al final resulta que la responsabilidad del prejuicio acaba recayendo en los prejuiciados. La mayoría de nosotros somos muy capaces de oponernos a la brutalidad sin convertirnos en fanáticos. El racismo tiene que ser eliminado, no excusado. Para derrotar todas las formas de antisemitismo - incluidas las que se disfrazan de solidaridad con los palestinos oprimidos - tenemos que ser capaces de identificarlo. Y resulta imposible cuando se abusa del sentido mismo de la palabra hasta que pierde su significado. Tomemos el ejemplo de Douglas Murray, un escritor con una particular obsesión con el Islam. Su condenable descripción de una manifestación de solidaridad en Londres con Palestina el mes pasado fue: "miles de antisemitas consiguen paralizar el centro de Londres". No se trata de una simple calumnia imperdonable contra manifestantes pacifistas - entre los que había también judíos - que simplemente se oponen a la complicidad de su gobierno en la masacre de niños. Esto hace que sea mucho más difícil identificar el verdadero antisemitismo. Lo mismo ocurre en el Daily Telegraph con Brendan O'Neill, quien ha acusado recientemente a la izquierda de estar convirtiéndose en antisemita. Curiosamente, entre las pruebas que aportaba una era las críticas de la izquierda a la desproporcionada influencia del imperio Murdoch: irónico, dado que el no-judío Rupert Murdoch recurrió una vez al clásico estereotipo antisemita cuando twitteó: "¿Por qué la prensa de propiedad judía es tan consistentemente anti-israelí en cada crisis? "

Hay realmente un montón de antisemitismo al que debemos hacer frente. Ahí esta Grecia, donde el partido neonazi Amanecer Dorado ha crecido entre las ruinas de su economía. En mayo, el 16% de los votantes atenienses votaron al candidato a la alcaldía de Amanecer Dorado. Según un estudio reciente (1), el 69% de los griegos tiene ideas antisemitas; en Polonia - a pesar de hacer sido uno de los países que sufrió más los horrores del nazismo- es el 48% y en España el 53%. En Hungría el partido antisemita Jobbik obtuvo el 20% de los votos en las elecciones legislativas de abril. Como la mayoría de la extrema derecha de Europa, el Frente Nacional francés centra su bilis contra los musulmanes, pero las raíces antisemitas del partido son profundas y hace unos meses fue uno de los partidos más votados en las elecciones al Parlamento Europeo. El odio contra los judíos es un peligro claro y actual Los temas antisemitas siguen estando ahí de forma constante, por muy deprimente que sea: que si los judíos son extranjeros, que si carecen de lealtad a sus países, que si actúan como parásitos, que si tienen una influencia desproporcionada. A veces, ese odio es evidente, otras veces más sutil y pernicioso. Se necesita para derrotarlo la coalición más amplia posible. El antisemitismo está tan asumido - ya desde la época romana - que combatirlo requiere una especial determinación. Lo que no quiere decir que sea estructuralmente inseparable del pensamiento europeo: puede y debe ser eliminado. Pero para ello es necesario evitar que su auténtico significado sea utilizado abusivamente como una excusa. No se trata solo de defender a quienes se solidarizan con la causa palestina de la calumnia y la difamación, sino de evitar que seacaba devaluando la gravedad del propio antisemitismo, haciendo que sea más difícil hacerle frente donde quiera que emerja. No se trata de un asunto baladí. La seguridad futura de los judíos de Europa depende de ello.

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