"Ás catro da mañá, nunca se sabe se é demasiado tarde, ou demasiado cedo". Woody Allen







martes, 22 de enero de 2019

"La noche que liberé Auschwitz" por Yakov Vincenko, soldado del Ejército Soviético / La Reppublica

 

"La noche que liberé Auschwitz"







El 27 de enero de 1945, Yakov Vincenko, soldado del Ejército Rojo, abre de par en par la puerta con el letrero Arbeit macht frei y descubre el horror. Éste es su relato y los testimonios de los supervivientes.

"En la sombra advertí una presencia. Se arrastraba en el barro, ante mí. Se dio la vuelta y apareció el blanco de unos ojos enormes, dilatados. Callamos: desde lejos nos llegaba el eco amortiguado de las explosiones. De los dos, sólo yo sabía que eran los disparos de la artillería alemana que se retiraba. Pensé en un espectro, dudé si yo estaba herido, incluso muerto. No estaba soñando, estaba ante un muerto viviente. Detrás de él, detrás de la niebla oscura, intuí decenas de otros fantasmas. Huesos móviles, unidos por una piel seca y envejecida. El aire era irrespirable, una mezcla de carne quemada y excrementos. Nos cogió de sorpresa el miedo a contagiarnos, la tentación de escapar. No sabía dónde me encontraba. Un compañero me dijo que estábamos en Auschwitz. Avanzamos sin decir una palabra".

"No he logrado comprender cómo haya podido suceder, pero a quien niega el Holocausto le digo: creedme que cuando estaba allí trataba de convencerme de que no era verdad"
"Una ex interna me ha pedido que deje una piedra; no ha tenido nunca la fuerza de volver a ver los barracones y el horno crematorio que se tragó a su familia"


Yakov Vincenko tiene 79 años y es uno de los últimos liberadores supervivientes del Ejército Rojo soviético. Llegó al campo de exterminio con la División de Infantería número 322, frente ucranio. Tenía 19 años. Veinte meses antes había sido herido en la batalla de Kursk.

La primera alambrada

"Atravesé la primera alambrada a las cinco de la mañana", declara, "estaba oscuro, era el sábado 27 de enero de 1945. No hacía un frío excesivo, sólo quedaban pedazos de nieve derretida. La noche anterior al combate se había cobrado muchas vidas. Tenía miedo de los francotiradores apostados como guardias. Protegido detrás de un bidón, vi al comandante Shapiro, un judío ruso del batallón de asalto de la 100ª División, abrir de par en par una gran verja. Más allá de la verja, un grupo de ancianos menudos, que eran niños, nos sonreía". Sólo después de varios años me di cuenta de que había asistido a la apertura de la entrada al infierno, bajo el letrero Arbeit macht frei. "Me incorporé para avanzar. Miré en el bidón: estaba lleno de cenizas, sobresalían trozos de huesos. No comprendí que eran restos de los que habían estado allí dentro".



Sesenta años después, Yakov Vincenko está sentado a una mesa en la sede del comité de los veteranos de guerra, en el centro de Moscú. Encima de él, los retratos de Marx, Lenin, Stalin y del general Zhukov. Sigue siendo un hombre enjuto, rígido y erguido, con botas con un poco de tacón: cuando camina está obligado a ir deprisa. Viste como una persona pobre, la indumentaria desgastada es como si no le perteneciera. Dentro de pocos días estará en Cracovia y volverá a la ciudad polaca de Oswiecim. Para la conmemoración de la liberación del campo de exterminio, junto con 48 jefes de Estado y una multitud de personajes anónimos, irá con los dos últimos compañeros de armas: uno vive en San Petersburgo, y el otro, en Minsk, en Bielorrusia.
No es exactamente la historia de los liberadores: es más bien el horror, observado con los ojos cansados y asustados de unos soldados que no pudieron reconocer su dimensión. "Me han pedido que lo rememore", dice, "pero estoy envejeciendo y mi pasado se entremezcla. Descubro en los libros momentos que he vivido y me sorprendo. Pero la emoción no me abandona. Es la segunda vez que vuelvo al campo, no es un viaje que se agota con una visita. Una judía que estuvo internada me ha pedido que deje una piedra en su nombre: no ha tenido nunca la fuerza de volver a ver los barracones y el horno crematorio que se tragó a su familia".
El anciano soldado, con una pensión de guerra de 60 euros al mes, se encontró por casualidad y siendo casi un niño en el frente occidental ruso. Destino y adolescencia robada, inconsciencia, condujeron sus pasos en el laberinto del Holocausto, todavía desconocido. "Era el verano de 1941", relata, "y vivía en Moscú. Terminada la escuela, mis padres me mandaron a Viñitas, en Ucrania, nuestro pueblo natal. Tenía que ayudar al abuelo en el campo. Dos semanas después, para no dejar a los alemanes ni siquiera los niños, me enroló el Ejército Rojo. Juegos, sueños, proyectos, se derrumbaron en un día: a los 15 años me encontré siendo soldado, con una bayoneta de 1891 a la espalda y varias granadas en los bolsillos. Tenía suerte: el Ejército soviético estaba tan desabastecido que sólo uno de cada quince tenía un fusil. Por esto me salvé".


Cuatro años trágicos, entre la desesperación, el hambre y la esperanza de que todo terminara. El ejército nazi avanzaba hacia el corazón de la URSS. El asedio a Leningrado, la matanza en las afueras de Moscú, y Hitler, que, hasta la derrota de Stalingrado, parecía imparable. Yakov Vincenko hizo su primer disparo en Voronezh, en 1942, a las órdenes del general Vatutin. "Nadie me había explicado cómo comportarme. El frente ucranio era una armada de niños, empujada hacia delante para localizar a los enemigos y gastar las municiones de los alemanes. Tras ocho meses de resistencia en el sur de Rusia, avanzamos hacia Ucrania. De tres a veinte kilómetros al día: en Kursk, en Kiev, en 1943; en Galitzia, y, finalmente, en Sandomir, en Polonia. En el otoño de 1944 cambió la moral, los nazis se estaban derrumbando. Cuando conquistamos Cracovia, a primeros de 1945, los generales nos dijeron que si podíamos sobrevivir unos cuantos meses más, lograríamos volver a casa".

El regreso a casa

No fue así. La Unión Soviética había perdido entre 25 y 30 millones de personas, el ejército estaba diezmado. Vincenko, herido cuatro veces, supo el 9 de mayo en Praga que era un vencedor, pero a su casa volvió siete años después, y nadie le estaba esperando. "El día que estuve en Auschwitz", dice, "se convirtió en un día crucial de mi vida sólo cuando el mundo elaboró una conciencia de la verdad y de la vergüenza. Ni siquiera nosotros, que habíamos visto, queríamos creerlo. He esperado años para lograr olvidar, después comprendí que sería comportarse como un culpable, convertirse en cómplice. Y, por tanto, recuerdo. No he logrado comprender cómo haya podido suceder, pero a quien niega el Holocausto le digo: creedme, que cuando estaba allí trataba de convencerme de que no era verdad".
Las tropas de Stalin no sabían qué era un campo de concentración. Sólo los altos mandos, en Cracovia, habían sido informados de que se encontraban en el camino del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. El 18 de enero, en vísperas de la ofensiva, los oficiales soviéticos supieron que se había obligado a abandonar el campo a una columna de 80.000 prisioneros, escoltada por los nazis hacia Alemania. Desde diciembre, Himmler había ordenado interrumpir las ejecuciones y destruir las cámaras de gas. "Entre nosotros y los barracones", cuenta Vincenko, "se interponía una línea triple de defensa alemana. Teníamos que superar el Vístula y el río San, los puentes y los campos estaban minados. El 25 de enero, el general Fiodor Kravasin ordenó que avanzaran la infantería y los tanques, reforzados por un grupo de artillería. Murieron centenares de soldados al construir puentes de madera en la corriente. Una resistencia tan dura de los nazis en retirada nos parecía insensata". Los mandos de las SS habían dado orden de destruir las pruebas del genocidio, de exterminar los últimos testimonios de la Solución final.
"Después supimos por un oficial alemán capturado", prosigue Vincenko, "que la noche antes del asalto el horno crematorio de Birkenau estaba preparado para saltar por los aires. El comandante Malenko, con dos artilleros, dos electricistas y una patrulla de exploradores, evitó que explosiones y llamas destruyeran hornos, cámaras de gas, barracones y fosas comunes". Sin embargo, la liberación de Auschwitz por parte del soldado raso Yakov Vincenko no fue heroica. "Después de la medianoche del 27 de enero, me despertaron y me ordenaron avanzar. Andaba ciegamente, empujado por el sueño y el miedo, ni siquiera me di cuenta de que había entrado en los 40 kilómetros cuadrados ocupados por los 39 campos de trabajo, detención y exterminio de Auschwitz, Birkenau y Monowitz".
La orden oficial era la de no pararse y perseguir a los alemanes para hacerlos retroceder. "El comandante de la primera compañía, Maksim Ciaikin, fue herido mortalmente por una ráfaga proveniente de una torre de control. A esto siguió un fuego a corta distancia sangriento. Después, el silencio, como si hubiéramos penetrado en el vacío. Durante media hora, pasadas las alambradas y hasta la verja, caminé solo y en el barro. Todavía no era de día cuando encontré al primer muerto viviente, y fue mejor así". Cita de memoria las cifras del Holocausto de Auschwitz, advirtiendo que no está seguro: 1.300.000 muertos, o tres millones, o seis, no sabe todavía. Nueve de cada diez eran judíos; los demás, gitanos, homosexuales, prostitutas. Hasta 5.000 víctimas al día, con los hornos a pleno rendimiento. Seiscientos evadidos en cuatro años, 400 de los cuales fueron capturados nuevamente, ahorcados delante de los compañeros tras haber sido obligados a caminar al ritmo de la música bajo la puerta principal. En el cuello, un cartel: "¡Heme aquí, he vuelto!". "Pero yo", dice Vincenko, "encontré sólo espectros. Cuando entramos, en el campo sólo quedaban 17.000 prisioneros".

Traducción al español de Valentina Valverde. © La Repubblica.



Los niños, en los barracones


"MUJERES, NIÑOS, ENFERMOS: eran incapaces de moverse, por eso habían sido abandonados en el campo. Los alemanes no habían tenido tiempo de matarlos a todos. Había un hedor asfixiante, el olor acre de la muerte que todavía siento. Pasé delante de esqueletos encogidos en el fango helado. No hablaban, me perseguían con miradas de terror. Los últimos días, para darse prisa, los nazis fusilaban a millares al borde de las fosas comunes. Después quemaban todo. De esta forma también se quemaron 29 de los 34 almacenes con los bienes secuestrados a los deportados. Abrí la puerta de cuatro barracones: en cada una 24 personas, polacos, rusos, franceses, todos judíos. Estaban tumbados, moribundos: algunos rezaban, creían que los iba a matar".
"En el uniforme de rayas exhibían el letrero Ost, o la estrella de David. Uno me enseñó un número tatuado en el hueso del brazo. Las literas estaban llenas de andrajos y excrementos, dentro era sofocante. No puedo asegurar que percibí felicidad cuando les dije que eran libres. Les veía revivir, con los ojos que se les iluminaban, pero no tenían la fuerza para soportar la alegría".

Videos procedentes del Ejército soviético rodadas en Auschwitz
 


domingo, 20 de enero de 2019

Auschwitz

Transcripción do audio das imaxes gravadas por fotógrafos soviéticos na liberación do campo de exterminio de Auschwitz:
"Antes de matar a las mujeres, los nazis le cortaban el cabello. Gran cantidad de cabello fue empacada en bolsas. Veinte kilos, veintidós kilos, materia prima para las fabricas alemanas. Siete mil kilogramos de cabello, ciento cuarenta mil mujeres asesinadas. Los fascistas comerciaban en la muerte. Hacían fertilizante de los huesos humanos y los mandaban a la firma Strenn. Vendían cabello a las fabricas nacionales de tapicería. Otra parte de esta misma industria, los bandidos sacaban las dentaduras de las bocas de los cadáveres para sacar los dientes de oro. Todos tales trofeos ocupaban 35 depósitos. Acá hay uno que contiene anteojos. ¿Si no más de uno de cada diez prisioneros llevaba anteojos, cuantos tuvieron que morir para acumular esto? La ropa y la ropa interior de los muertos. ¿Quién en Alemania iba a ponerse la ropa de los niños asesinados? Esta masa de ropa, este vestidito,514.843 piezas de ropa de hombres, mujeres y niños."


martes, 15 de enero de 2019

Hay que leer siempre lápiz en mano





Un texto de George Steiner

En efecto. Y lo repito: casi es posible definir al judío como aquel que siempre lee lápiz en mano porque está convencido de ser capaz de escribir un libro mejor que el que está leyendo. Es una de las grandes arrogancias culturales de mi pequeño y trágico pueblo.

Hay que tomar notas, hay que subrayar, hay que luchar contra el texto, escribiendo al margen: «¡Qué estupideces! ¡Vaya ideas!». No hay nada tan fascinante como las notas marginales de los grandes escritores. Es un diálogo vivo. Erasmo dijo: «El que no tiene libros destrozados es que no los ha leído». Es in extremis pero encierra una gran verdad. Tener unas obras completas es recibir a un invitado a quien damos las gracias y de quien también toleramos los defectos, que incluso llegan a gustarnos. Y, años más tarde, por esnobismo o arrogancia de mandarín, tratamos de ocultar los rastros de lecturas equivocadas o falsas interpretaciones. ¡Pero es una tontería! Las puertas de la poesía se me abrieron cuando mi padre me regaló, a orillas del Sena, en los muelles –costaba cuatro perras, nadie lo quería–, Los trofeos de José María de Heredia. Aquí la tengo, mi primera edición de Heredia. Todavía hoy sigo sintiendo que tengo una enorme deuda con ese señor muy estirado, muy pomposo, muy académico, y a pesar de todo gran poeta. El hallazgo de un libro puede cambiar una vida. Estoy (he contado esta anécdota varias veces) en la estación de Fráncfort, entre un tren y otro y –eso solo podía ocurrir en Alemania, donde había buenos libros en los quioscos– veo un libro; no conozco el nombre del autor: Celan. El nombre de Paul Celan me intriga. Abro el libro en el quiosco mismo y me topo con esta primera frase: «En los ríos, al norte del futuro…». Casi pierdo el tren. Y cambió mi vida para siempre. Sabía que ese libro escondía algo inmenso que iba a formar parte de mi vida.

La experiencia de un libro es la más peligrosa y la más apasionante que hay. Obviamente, un libro puede corromper; es absurdo no reconocerlo abiertamente. Hay lecciones de sadismo en los libros, hay lecciones de crueldad política, de racismo. Y como pienso que Dios es el tío de Kafka (estoy convencido), no nos pone las cosas fáciles. Parece ser que, poco antes de morir, Sartre –que no era muy dado a prodigarse en elogios– dijo: «Solo uno de nosotros sobrevivirá: Céline». Lo dijo Sartre. Es evidente que Proust y Céline se dividen la lengua francesa moderna. No hay un tercero. Y pensar que Dios ha permitido a ese asesino antisemita, a ese hooligan, a ese gángster del alma que fue Céline como escritor (no lo era en la vida real, lo que complica aún más las cosas), crear una nueva lengua y luego escribir De un castillo a otro y Norte (dos obras maestras shakespearianas, a mi juicio), me llena de desazón. Me deja muy agradecido y muy enfadado a la vez. Y trato de apartar de mí ciertos libros que son un veneno destructor.

George Steiner

lunes, 31 de diciembre de 2018

Margarita Yosifovna Aliguer...



Margarita Yosifovna Aliguer (Маргари́та Ио́сифовна Алиге́р) foi unha poetisa, xornalista e tradutora soviética. Xudía, nada á beira do Mar Negro en Odesa no ano 1915. En 1938, uniuse á Unión de Escritores Soviéticos, e ao Partido Comunista en 1942 onde militou ate o seu falecemento en 1992. Durante a IIGM no frentre oriental, foi correspondente de guerra en Leningrado. En 1943 obtivo o prestixioso Premio Stalin. Por estes lares foi Nicanor Parra quen a deu a coñecer no mundo hispanofalante traducindo moitos dos seus poemas nunha antoloxía publicada en 1965 e da que deito aquí un poema seu:

Vivo en este mundo
con una bala en el corazón.
No voy a morir todavía.
La nieve cae.
No anochece.
Los niños juegan.
Uno puede llorar,
cantar canciones.

Pero no pienso ni llorar ni cantar,
vivimos en la ciudad y no en el bosque.
No olvidaré lo visto
y llevo en el corazón lo que conozco.

El invierno de Kazán, huidizo,
níveo y luminoso, pregunta:
- ¿Cómo vivirás?
- No sé.
- ¿Sobrevivirás?
No sé.
- ¿Cómo no te mató la bala?

Cerca del final pero aún viva,
quizá porque
en la lejana ciudad de Kamsky,
donde las noches son más claras por la nieve
y el frío audaz toma lo que considera suyo,
se ponen a hablar y a correr
mi felicidad y mi inmortalidad.

- ¿Cómo no te mató la bala,
cómo resististe su plomo de fuego?

Decidí seguir viviendo
cuando vi el final 
acercarse a empujones calientes
y mi corazón me reveló
que algún día sabré contar
este sufrimiento en mis poemas.

- ¿Cómo no te mató la bala
o no te tumbó el golpe?

Si estoy viva
es porque cuando se agotaron mis fuerzas,
desde los paraderos lejanos
y los callejones sin salida, tapados con nieve,
detrás de las montañas, vi
a los tanques en movimiento,
y en los bosques
a las bayonetas erguidas,
advino,
empezó a brillar
el día de la victoria
rodeando la tierra con su ala.

Ese día fui abriéndome paso
a través de la desgracias
mías y ajenas.

1941


http://www.poetryloverspage.com/yevgeny/aliger/index.html

viernes, 28 de diciembre de 2018

"Campos roturados" (fragmento) de Mijail Shojólov...



Mijail Sholójov


"Los cereales despiden una suave fragancia al recibir los primeros soplos del deshielo. A mediodía, si hace sol, llega a los rincones abrigados del viento el perfume triste de la corteza de los árboles, mezclado a la dulce humedad de la nieve derretida y al intenso olor que sube de la tierra traspasando su manto de muertas hojas. Un aroma delicado y múltiple persiste sobre los huertos hasta la penumbra del anochecer, hasta que la luna verdosa desliza su cuarto creciente entre las ramas desnudas, hasta que las liebres empiezan a sembrar sus brincos de terciopelo sobre la nieve... Luego el viento trae a los jardines, desde las crestas de la estepa, el amargo soplo del ajenjo agostado por la helada. Los perfumes y los ruidos del día se desvanecen. Como una loba gris, llega por el oriente la noche, y pasa sobre las avenas locas, sobre los matorrales rojizos, sobre los surcos abiertos en otoño, dejando tras sí por la estepa, sombras de crepúsculo. Una noche de enero, el año 1930, por el camino de la estepa, llegó un jinete a las afueras del caserío Gremiachi-Log."

Fragmento da novela "Campos roturados". Marabillosa obra épica de Mijaíl Shólojov (Premio Nobel de Literatura no ano 1965) sobre a dura e entusiasta experiencia da colectivización no campo soviético.  



"Campos Roturados" foi publicada o seu primeiro volume en 1932 mentres que o segundo publícase en 1954 xa que durante a Segunda Guerra Mundial unha bomba destruira o fogar de Shólojov, perdéndose os manuscritos do segundo libro case concluído, feito que obrigou ao autor a refacelo de novo, co mesmo ánimo que esixira a reconstrución da Unión Soviética devastada pola guerra.

"Campos Roturados" recrea a experiencia da creación dos Koljós (Granxas colectivas) e nela moitas das pasaxes son froito da propia experiencia do seu autor como participante nos Koljós na rexión do Don. Mentres Shólojov participou no labor de consolidación dos Koljós foi testemuña directa das sabotaxes provocadas polos kulaks (terratenentes partidarios do rexime zarista) en contra do poder soviético.

martes, 18 de diciembre de 2018

Dimitri Shostákovich: "De la poesía popular judía"...



"De la poesía popular judía" (op. 79) de Dimitri Shostákovich retrata a vida no shtetel e o antisemitismo da Rusia zarista. Poemas dolorosos, poemas traxicómicos, poemas costumistas, e finalmente poemas irónicos. A versión orixinal para tres voces e piano estreouse en 1955 en Moscú. A versión que escoitamos na ligazón de máis abaixo está tirada do arquivo sonoro de Radio Nacional de España-Radio Clásica
Escoitar aquí: https://www.ivoox.com/11444556

sábado, 1 de diciembre de 2018

El kibbutz: establecimiento comunal colectivo. Por Josep Pla


Por Josep Pla
"Israel: 1957"
Editorial Destino

El kibbutz es una de las instituciones más originales de Israel. Es un fenómeno de colectivización que ha dado excelentes resultados y ésta es una de las razones que explican la reticente, a menudo adversa política, de la URSS, respecto de este país: el kibbutz socializante —en definitiva de socialismo de mercado de Israel— ha sido una institución eficaz y positiva, mientas que el koljoz ruso ha sido un completo desastre económico y social. La comparación es demasiado odiosa y viva para que pueda ser perdonada por el dogmatismo comunista irreal y apriorístico.



A principios de siglo, los primeros inmigrantes comprobaron que el obrero árabe agrícola, ser primitivo, habituado a un tipo de vida de una gran precariedad, encontraba trabajo con mayor facilidad que el obrero judío cultivado y progresista, infatigable pero inhábil. Esta constatación les llevó a agruparse colectivamente y a trabajar en común. Sus esfuerzos, no obstante, no habrían podido cristalizar si el Fondo Nacional Judío no les hubiera dado la tierra fácilmente. Cuando la tuvieron, para obtener algún resultado, hubieron de hacer considerables sacrificios. La primera kuntsa o kibbutz fue fundada en Degania, en el alto Jordán, a base de la ideología socialista de David Gordon. El principio que defendía Gordon era éste: hay que dar a cada uno según su capacidad y según sus necesidades. Sostenía que el trabajador padre de familia ha de ganar más que el padre de familia que tiene menos hijos, y éste ha de ganar más que el soltero sin obligaciones. Este principio ha hecho muchos progresos en todas partes. (Es innecesario advertir que prácticamente toda la legislación social que se aplica en muchísimos países nació en Israel, sin forma legal perceptible, espontáneamente.) Gordon entendía el kibbutz como una gran familia, formada como máximo por catorce o quince trabajadores y sus familias, porque su experiencia le llevaba a creer que una empresa colectiva formada por más gente era por definición ingobernable y estéril. El kibbutz, en sus inicios, fue, de este modo, un establecimiento colectivo limitado. Esta limitación se rompió, no obstante, con rapidez, ya que respondía únicamente a una agricultura de monocultivo. Con la llegada de nuevos emigrantes y la necesidad de producir más y más cosas, el colectivo se amplió. Gordon ha pasado a la historia moderna de Israel no sólo por lo que acabamos de describir, sino por el esfuerzo que realizó para demostrar que la práctica de un trabajo manual es favorable a la maduración y a la ampliación de la inteligencia.

La transformación del kibbutz limitado y cerrado en el kibbutz abierto y amplio llena la historia del asentamiento agrícola en Israel. La concepción del kibbutz abierto ha triunfado porque las mismas condiciones económicas lo han exigido. Ya no hay ninguna organización de esta clase que no tenga más de sesenta familias, pero son raras los que tienen más de 2.000. La extensión de la tierra que el Fondo Nacional Judío ofrece al kibbutz depende de su calidad y del agua de que puede disponer. Si la tierra es buena y el agua abundante, la extensión naturalmente es menor que si el kibbutz es de secano y la tierra de poca calidad.


La base de esta organización es la propiedad de los medios de producción por parte de los kibbutzim que forman parte de un kibbutz. La organización es contraria, así, a la filantropía de la época de los Rothschild y a las formas de trabajo asalariado de la moshava. El kibbutz recibe la tierra del Fondo Nacional y a menudo un capital más o menos importante para comenzar. El precio de la tierra se va pagando por anualidades, y el capital es devuelto tan pronto el kibbutz gana dinero. Pagada la tierra y restituido el dinero, los bienes del establecimiento pasan a ser propiedad de sus miembros. Para un miembro del kibbutz, esta propiedad puede describirse con estas palabras: «todo esto es mío, pero nada me pertenece». Eso quiere decir que el espíritu del kibbutz está formado por el idealismo de sus componentes: el socialismo de sus ideales y el nacionalismo, de elevada temperatura, obstinado en construir una patria.

No existiendo salarios en los kibbutz, no existe moneda de circulación entre sus miembros. Existe en cambio moneda en las relaciones del kibbutz con el exterior, porque es natural que, si el organismo compra un tractor, o una trilladora, la pague. El kibbutzim tiene derecho a casa, alimentación, vestuario, educación de los hijos, asistencia social de todo tipo: médicos, farmacia, clínica, entierros. Asimismo, el kibbutz mantiene a los padres viejos de los trabajadores kibbutzim, a base de que los viejos no trabajen pero que se entretengan con lo que más les agrade, porque se considera que en la vejez la inacción es fatal. El kibbutzim tiene derecho a quince días de vacaciones anuales; si los pasa fuera de la comunidad, se le da el dinero necesario.

El comedor es común y la cocina es general; al frente de cada cocina está un cocinero. Las criaturas viven en común, pero, cuando los padres han acabado de trabajar, las criaturas se incorporan a la vida de familia. El hecho de que las mujeres no tengan que cocinar las permite estar más tiempo con sus hijos que cualquier familia obrera europea corriente. La vida social o cultural se hace en centros colectivos

Las tiendas son generales. La colectivización, en todo caso, no llega ni a la intimidad ni a la casa. Las familias no viven en bloques, sino en casas aisladas. En la puerta de la casa se acaba la comunidad. Así, el kibbutz no tiene nada que ver con el comunismo integral. De la vida colectiva, sus miembros utilizan lo que les puede resultar más útil: por ejemplo, la cocina en común. La comida es, fatalmente, un poco cuartelaria. Es un grupo de familias que comen en un restaurante colectivo. Por otro lado, el organismo se rige por la asamblea general de sus miembros, la cual elige un comité ejecutivo con poderes durante un año. Este comité resuelve los problemas de todo tipo que se van presentando, tiene la dirección agraria y comercial y se ocupa de la relación con el interior en todos los aspectos: económicos, sociales, políticos y de administración diríamos municipal.

El kibbutz puede ganar dinero o no ganarlo; puede estar bien administrado o no estarlo. Después de los trabajos que sus miembros realizan, acaba ganando algún dinero. Esto quiere decir que el kibbutz ha llegado a transformar una tierra precaria en una tierra de calidad. Cuando el kibbutz se encuentra en la etapa constructiva y no gana dinero, suele ser extremista y de un idealismo utópico. Al comenzar a obtener beneficios, se conservadoriza y la fraseología se vuelve diferente. Hemos preguntado a muchos kibbutzim:
- Cuando ganan dinero, ¿en qué utilizan el sobrante? ¿Se lo reparten?
- Todavía no estamos en ese momento. El dinero ganado se utiliza sistemáticamente para mejorar el kibbutz desde todos los puntos de vista: no sólo para mejorar las condiciones de la tierra, sino la vida familiar de sus componentes. Las comodidades del kibbutz se incrementan con todas las aportaciones que ofrece la vida moderna. Por otro lado, con el dinero que se gana se emprenden otras empresas, sobre todo las de industrialización de los productos de la tierra. En este aspecto, existen kibbutz muy importantes que mueven volúmenes de negocio considerables.



Sospecho que todas estas informaciones serán acaso poco comprendidas en países de individualismos arcaicos como el nuestro, de escépticos, desconfiados y resentidos. No hay que olvidar, de todos modos, la mentalidad de quienes fundaron los kibbutz, el idealismo de los socialistas rusos, polacos y centroeuropeos que imaginaron estas formas de vida colectiva, la influencia que en todo el proceso tuvieron las mujeres y sobre todo el sionismo y, por tanto, del espíritu de sacrificio, la temperatura patriótica y la fe en Israel, que es la clave del arco central. Por otro lado, el kibbutzim cree que el salario corrompe y que la gente que trabaja por un salario trabaja , sin amor, en la desesperanza y en el vacío —y en la soledad.

En el kibbutz, la política es naturalmente un elemento esencial. Una buena parte de sus componentes forman parte del partido Mapai, del cual es decisiva la figura de Ben Gurion, o sea, del Partido Laborista israelí, muy parecido en su organización al partido Laborista británico. pero también existen muchos kibbutzim afiliados al partido Mapai Mapam, situado más a la izquierda, pero sin aceptar ningún punto de unificación con el comunista.

La característica del kibbutz es el idealismo, y el hecho explica por qué estos organismos, hablando en general, están bien administrados. En su composición, se observan dos clases de elementos: el obrero agrícola, propiamente dicho, y el hijo de familia burguesa, en ocasiones muy rica, situada generalmente en la diáspora, procedente de países diversos, que ha abandonado las pompas y vanidades de su clase y se ha puesto, en un kibbutz, a trabajar para Israel y para los imperativos de la moral y la patria. Me aseguran que, entre los doce millones de israelíes que permanecen en la diáspora, la juventud se siente cada vez más impulsada por la fascinación del retorno a Israel. Es perfectamente natural. También habremos de hablar, cuando llegue el momento, de lo que representa el kibbutz en la organización militar —de los kibbutz de la frontera sobre todo, que son una realidad esencial.