"Ás catro da mañá, nunca se sabe se é demasiado tarde, ou demasiado cedo". Woody Allen







sábado, 27 de octubre de 2012

Un continente de negrura...




Por Antonio Muñoz Molina*

'Continente salvaje', de Keith Lowe, comeza xusto onde semella que remata a desolación de moitos outros libros de historia aos que estamos afeitos.

Viajando ahora por Europa cuesta imaginar que aquí estuvo el corazón de las tinieblas; viajando en tren sobre todo, en esos trenes veloces y civilizados en los que es tan grato dejarse llevar, mirando por la ventanilla, leyendo o escuchando música con la cabeza recostada en un buen asiento. Por esos paisajes verdes europeos no es raro que al viajero español le ronde una melancolía noventayochista, pensando comparativamente en nuestros secanos, en nuestros roquedales ásperos, acordándose de nuestros pueblos desfigurados por la especulación al ver en el horizonte la aguja de una iglesia levantándose como un lápiz muy afilado sobre un grupo de tejados rojizos. En los campos de Holanda, en los de Dinamarca, las vacas miran pasar el tren con una calma de rentistas entre aburridos y solemnes.

De pronto hay un pormenor que despierta recuerdos, imágenes alarmantes: un prado cubierto hasta el horizonte por una cuadrícula de cruces blancas, las hileras abriéndose y cerrándose a la velocidad del tren; un nombre repetido en los andenes de una estación. Hace unos días, anocheciendo, en un tren que poco antes había dejado atrás la estación de Figueras, distinguí un nombre en un andén poco iluminado: PORT-BOU. En la grisura de la llovizna y la noche cercana pensé inevitablemente en Walter Benjamin cuando leyera ese mismo nombre, en el que estuvo tan brevemente cifrada la esperanza de salvarse, y luego fue como el sello estampado en su destino final, en su determinación de suicida (pero quizás él vio todo eso en un día de sol: la realidad, a diferencia de la literatura, no se cuida de la concordancia entre la meteorología y los infortunios humanos).

Y con la sombra de Walter Benjamin vinieron las de la muchedumbre de los fugitivos españoles, las sombras en blanco y negro de soldados vencidos y de gente común huyendo de los vencedores. En Perpignan, en una rotonda de tráfico, en los carteles con flechas de dirección, resaltaba otro nombre: ARGELÈS. Las personas envejecen y mueren, las cosas se olvidan; quedan los nombres como fragmentos fósiles en los que sólo reparará de vez en cuando la mirada de un paleontólogo.

El año pasado, en un viaje por Alemania, vi acercarse las torres y los edificios de una ciudad sin saber cuál podía ser y el letrero de la estación me provocó un estremecimiento: NURENBERG. Era una estación normal, neutra, casi deshabitada en una mañana de domingo de principios de otoño. El tren se detuvo y algunos viajeros bajaron de él, y subieron otros, personas normales moviéndose con aire habitual por los lugares de siempre. La ciudad que ellas ven es la del presente, la de sus propias vidas: para mí, que sólo la he visto una sola vez desde un tren, la ciudad era toda ella la resonancia de su nombre, la de las grandes concentraciones hitlerianas, la de las leyes raciales y los juicios de Núremberg.

Quizás vi de lejos esa mañana las dos torres de una catedral que se ven por encima de las ruinas en la portada de un libro reciente, Continente salvaje, de Keith Lowe, publicado en España por Galaxia Gutenberg, traducido por Irene Cifuentes. Iba leyéndolo sin respiro ni alivio hace unos días en ese viaje al sur de Francia. Es un libro todavía más desolador porque empieza justo donde parece que termina la desolación de muchos otros libros de historia a los que estamos acostumbrados. Leemos sobre la II Guerra Mundial y satisfacemos de manera inconsciente, muy alentados por las películas, la necesidad de un final feliz: la guerra en Europa fue espantosa, pero terminó nítidamente con el suicidio de Hitler en los sótanos de la Cancillería y con la rendición de Alemania; y los testimonios sobre los campos de exterminio acaban muchas veces con la llegada de los soldados soviéticos o americanos que los liberan, y que empiezan la tarea de cuidar a los supervivientes, de castigar a los culpables y de dar a conocer al mundo la escala del crimen.

De lo que viene después tenemos una idea muy vaga. De algún modo la gente limpia los cascotes de las ruinas, como en el poema de Szymborska, y al cabo de unos años el blanco y negro ha pasado al color, y Europa ha empezado a ser próspera y a estar unida. En vez de columnas de carros de combate lo que circula a principios de verano por las antiguas carreteras convertidas en autopistas son caravanas de turistas.

Keith Lowe se ha empeñado en recapitular lo que nadie recuerda, lo que quizás esté más allá de las facultades de nuestra imaginación contemporánea: lo que sucedió en Europa entre 1945 y 1949. En primer lugar, la escala de la destrucción. Europa es un continente entero en ruinas en el que durante los últimos años han muerto casi cuarenta millones de personas. Europa es un territorio inmenso en el que no rige ninguna ley ni existen gobiernos ni escuelas ni policías que mantengan el orden, ni carreteras practicables, ni líneas regulares de trenes, ni sistemas de abastecimiento, una Somalia espectral por la que vagan millones de desplazados a los que nadie quiere en ninguna parte y en la que los odios que desataron o alimentaron la guerra parecen más fuertes que nunca.

En el verano de 1945, en Berlín, hay unos cincuenta mil niños perdidos que se agrupan como manadas entre las ruinas para defenderse y sobrevivir. Los pocos judíos que han sobrevivido y vuelven a sus lugares de origen encuentran no la bienvenida sino el agrio rechazo de los mismos vecinos que ya se habían apoderado de sus bienes. En los países del centro y del este el despotismo nazi va dejando paso aceleradamente a las purgas metódicas de los nuevos amos soviéticos. En Grecia se mantiene durante años una guerra civil todavía más sanguinaria que la ocupación alemana, y los británicos y los americanos que apoyan a los monárquicos de derechas contra los comunistas no hacen nada por contener la crueldad extrema de sus protegidos. La justicia es mucho menos frecuente que la venganza, y los antiguos colaboradores de los nazis, y los muchos antiguos nazis también, son tratados pronto con mucha más consideración que algunos de los resistentes que se jugaron las vidas. Millones de personas de origen alemán son expulsadas de un día para otro sin ningún miramiento de Checoslovaquia y de Polonia: la furia nacionalista de unos y otros ha logrado destruir para siempre aquella hermosa diversidad en la que se fraguó lo mejor del corazón de Europa.

De esos espantos venimos. Conocerlos nos permite valorar mejor lo que se pudo lograr después del desastre, cuando unos cuantos europeos tomaron, en palabras de Borges, la extraña decisión de ser razonables, y empezaron a construir sobre las ruinas lo que hasta ayer mismo parecía firme, incluso rutinario, y hoy está en peligro. Debajo de nuestros paisajes europeos hay una geología de cadáveres. Los nombres de estaciones en las que ya ni siquiera paran los trenes marcaron fronteras letales como cepos. Leyendo el libro de Keith Lowe me dan más miedo todavía los celebradores de las patrias inmortales y los puebles unánimes, los traficantes de agravios que siguen exigiendo reparación al cabo de siglos.

* Continente salvaje. Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Keith Lowe. Traducción de Irene Cifuentes. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2012. 560 páginas. 26,50 euros.

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