"Ás catro da mañá, nunca se sabe se é demasiado tarde, ou demasiado cedo". Woody Allen
sábado, 29 de octubre de 2016
Slavoj Zizek: "El antisemitismo esta vivo y coleando en Europa"
Una información de Mairav Zonszein
En la noche del viernes, el filósofo esloveno Slavoj Zizek pronunció una conferencia en una librería del centro de Tel Aviv repleta de caras conocidas de la izquierda israelí. Fue recibido por Udi Aloni, un artista israelí-estadounidense y un activista del BDS (boicot, desinversión, sanciones) que acaba de terminar un libro titulado “What Does a Jew Want”.
La librería Tola'at Sfarim (Bookworm), que también es un pequeño editor de libros sobre todo de psicología, estaba llena de gente, jóvenes y viejos, muy ansiosa de poder escuchar a Zizek, al igual que yo.
Muchos parecían haber llegado con la expectativa de escuchar como Zizek zahería a Israel y haría uso de su ingenio irónico y del carisma que tanto gusta a los poqueño-burgueses de Tel Aviv que apoyan el movimiento de BDS. En efecto, cuando Udi Aloni introdujo a Zizek, se identificó a si mismo como un activista a favor de BDS y dijo que eligió esta librería con el fin de no cooperar con cualquier institución formal israelí.
Sin embargo, Zizek no apoyó y ni siquiera habló mucho acerca del BDS - y cuando lo hizo, fue porque se lo pidieron explicitamente durante el turno de preguntas -. Sus dos afirmaciones claras sobre el BDS fueron: (a) no lo apoya, y (b) si apoya un movimiento iniciado conjuntamente por palestinos e israelíes, y de aquí, de la región.
Por el contrario, Zizek capturó la atención del público durante casi dos horas hablando del antisemitismo, del capitalismo y del lugar de los judíos en el mundo. Advirtió que el antisemitismo está "vivito y coleando" en Europa y América, y afirmó que el Estado de Israel debería preocuparse más por el antisemitismo de la derecha cristiana en vez de malgastar su energía en los autoproclamados judíos antisionistas. Dijo que los cristianos sionistas de Estados Unidos son intrínsecamente antisemitas y que la disposición de Israel a aceptar su ayuda resulta desconcertante.
Él comenzó su charla diciendo que cuando fue invitado a hablar en Tel Aviv (la mayor parte de su viaje la gastó en Ramallah, con Udi Aloni), la gente le aseguró que todavía había algunos "buenos israelíes" de izquierdas a los que les encantaría oírlo, como queriendo convencerle de que quizás valiera la pena visitar Israel. Zizek dijo que no le gustaba nada este enfoque.
“Ser un 'anti' es lo que está de moda”.
Esta declaración marcó el tono de todo su discurso, enmarcado firmemente en la idea de que la mayoría de la gente cae presa demasiado fácilmente de las tendencias y de los ruidos mediáticos, y que en realidad no identifica la raíz de los problemas. Habló de lo fácil y de cómo está de moda ser, por ejemplo, "anticapitalista" hoy en día, ya que sólo se necesita culpar directamente a un banco específico o alguna persona específica como culpables del mal, y luego pensar que uno ya ha hecho su parte. Mencionó a Bernie Madoff en este sentido como un chivo expiatorio al que era muy fácil echarle la culpa, cuando en realidad el verdadero problema es el sistema que permite, e incluso empuja, a los Madoff cometer sus crímenes.
Trazó el antisemitismo a través de la historia, desde cuando se esperaba convertir finalmente a los judíos, en la época de la Ilustración y de la Revolución Francesa, y cuando se hizo evidente que no había conversión o asimilación suficiente que pudiera hacer nada para cambiar su judaísmo eterno. Los judíos, entonces, pasaron de ser individuos muy diferentes y particularistas a ser demasiado universales y cosmopolitas, lo que allanó el camino para el Holocausto.
Después de establecer la profunda vitalidad del antisemitismo, mencionó que no tiene paciencia con aquellos que excusan el antisemitismo árabe ya que, aunque la mayoría de los palestinos son pobres y están oprimidos, no se debe tolerar que sean antisemitas. También habló sobre su conocido argumento de un "antisemitismo sionista", por el cual los sionistas utilizan el lenguaje antisemita contra sus compañeros judíos acusándolos de no ser lo suficientemente sionistas. Esta fue su principal crítica de Israel - la caza de brujas contra los judíos que no son "suficientemente sionistas" - .
Sentada en un cuarto lleno de activistas israelíes, algunos de los cuales se consideran como la vanguardia en la lucha contra la ocupación israelí y el apartheid, dedicando gran parte de su tiempo a visitar la Ribera Occidental en solidaridad con los palestinos, enfrentándose con los militares israelíes y favoreciendo un boicot total del país, yo podía sentir dentro de la sala la decepción de todas aquellas personas que esperaban que Zizek hablara de una manera más crítica y desaprobatoria de Israel. Apenas dijo palabra sobre la ocupación y no mencionó la palabra apartheid ni una sola vez. No habló directamente sobre lo que es Israel en sí mismo o lo que se debería ser o hacer.
Ese fue sin duda un paso audaz ante tal audiencia - y no estoy segura de si a la gente le gustó -, pero pienso que en muchos aspectos, y en la realidad, Zizek realizaba una critica de muchos de los activistas allí presentes. Ellos están tan atrapados con los "males" de Israel que han perdido la perspectiva sobre lo que está pasando en el resto del mundo, y puede que hasta hayan perdido de vista los verdaderos peligros de un antisemitismo persistente, con todo tipo de consecuencias.
Como una persona familiarizada con las ideas de Zizek y que conoce muy bien su crítica punzante de Israel, estaba muy satisfecha porque no necesitaba escuchar otra vez de él cómo Israel está ocupando a los palestinos. Y realmente, ¿cómo un filósofo que pasa su tiempo en Europa podría contarnos cosas nuevas sobre todo esto? Pero, por supuesto, alguna activista de la audiencia no se mostraba muy feliz con el hecho de que no hubiera dedicado el “suficiente tiempo a criticar al sionismo”, por lo que ella le preguntó el por qué.
Zizek procedió a decir que el sionismo no es el peor de los males del mundo. Mencionó el estrangulamiento de Cisjordania por Israel como un proyecto de colonización y comentó que deberían estar colgados por todas partes los mapas de Cisjordania para que la gente pudiera ver realmente la dominación de Israel. Pero también dijo que cualquier madre en la República Democrática del Congo se vendería como esclava si tuviera la oportunidad de vivir en Cisjordania.
Llegando hasta Tel Aviv y hablando así ante un grupo de activistas israelíes, no sobre los males de Israel, sino sobre la manera profunda y perversa en que subsiste el antisemitismo en la Europa y en los Estados Unidos de hoy en día, y cómo se propaga contra el sionismo e Israel, Zizek parecía quería expresar – tal como yo lo vi - su auténtica frustración ante un cierto sector del activismo izquierdista radical actual, para el cual las fechorías de Israel permiten pasar por alto, descartar o negar completamente, los auténticos problemas relacionados con la existencia y la identidad judía, sobre todo ante un mundo global.
Creo que el punto de vista de Zizek es que el antisemitismo no sólo sigue existiendo, sino que se está reencarnando bajo diferentes formas y que los israelíes deberían prestarlo mucha más atención - ya que es altamente perjudicial, y no sólo para Israel -, pues en el ámbito aún más amplio del racismo y de la violencia, y de cómo tratar los problemas globales, es algo muy perjudicial para todos.
domingo, 23 de octubre de 2016
Javier Fernández
Non sei se a historia será grata ou
ingrata coa figura de Javier Fernández. Non sei se pasados estes tempos de mar brava
na vella casa socialista o seu papel será recoñecido ou non como ao meu ver
merece.
Mais o que si sei, sen partidismos, e
que coma cidadán canso, irritado, cabreado, indignado… co absurdo bloqueo institucional
de case un ano inutilmente perdido, estou sincera e fondamente agradecido a súa
labor nestas semanas seguro que moi difíciles para el.
Para min a figura de Javier Fernández é
todo un descubrimento. Un político adulto nos tempos do reality show populista.
Os meus parabéns e sorte
martes, 18 de octubre de 2016
Bob Dylan y el viento idiota literario. Por Bernard-Henri Lévy
Por Bernard-Henri Lévy*
Project Syndicate - 18.10.16
¡Ah, la rabia de los vejestorios cuando se anunció el Nobel de Bob
Dylan! ¡Qué escándalo hizo la academia; no la sueca, claro, sino la
iglesia mundial de la literaturología!
El pánico de la burocracia literaria, atada a sus certezas, inmersa
en cálculos mezquinos, en pronósticos errados, en astutos cambios de
opinión, fue palpable. ¿Elección política o apolítica? ¿Por qué un
estadounidense? ¿Por qué no una mujer? ¿O representante de alguna
minoría visible, la que sea? ¿Qué tal este, que lleva veinte años
esperando? ¿O aquel, que ya perdió la esperanza?
La verdad, por más que moleste a los carcamales, es que dar el Premio
Nobel de Literatura a un autor que sólo escribió un libro no es más
extraño que dárselo a Dario Fo o Winston Churchill.
Y hay otra verdad aun más grande: conferir el premio a uno de
nuestros últimos poetas populares, pariente lejano de Rutebeuf, Villon y
de todos los juglares y cantores de la soledad y el abandono; consagrar
a un trovador, a un bardo de la hermandad de los solitarios y las almas
perdidas; coronar al autor de baladas que han sido (tomando prestada la
frase de André Suarès sobre Rimbaud) “un momento de la vida” de tanta
gente en los siglos XX y XXI tiene mucho más sentido que sacarse de la
galera al oscuro Rudolf Christoph Eucken o elegir al pobre Sully
Prudhomme en vez de a Tolstoy.
No deberíamos responder con citas pedantes a críticos pedantes. Pero
ante los que andan por ahí clamando “¡Eso no es literatura! ¡No lo es!”,
es difícil no pensar en Francis Ponge, quien (citando a Lautréamont)
define al poeta (o como diría él, “proeta”) como un bardo o trovador que
al expresar la “voz de las cosas” se vuelve “el ciudadano más útil de
su tribu”. ¿Y a quién le cuadra mejor esa definición que al autor de
Chimes of Freedom o Long and Wasted Years, que ponen vida y música a lo
que el crítico Greil Marcus denominó la “república invisible” de la
cultura estadounidense?
O pensar en Mallarmé, quien nos exhorta, en más o menos los mismos
términos, a “dar sentido más puro a las palabras de la tribu”. Una vez
más, ¿quién mejor que este artista del collage, este camaleón de la cita
y la intertextualidad, este lacónico letrista, este alquimista verbal
que se pasó la vida reinventando las palabras ajenas y las propias,
descubriendo los tizones ardientes de la era bajo las cenizas de las
derrotas del día y transmutando en oro el plomo que antes oyera en la
radio?
Pensemos, si no, en la distinción familiar entre el “escriba”, para
quien el idioma es sólo un instrumento, y el “escritor”, para quien es
un fin en sí mismo. ¿No hablaba de algo parecido Dylan cuando, tras años
de luchar por los derechos civiles, la resistencia a la Guerra de
Vietnam y el apoyo a la revolución feminista, tituló I’m Not There una
de sus canciones más hermosas, como diciendo, “ya no estoy allí, ya no
soy vuestro sirviente, todo eso se acabó, adiós y hasta nunca”?
Pero la cuestión real es otra. El ejercicio más concluyente sería
comparar manzanas con manzanas, y al autor de Blonde on Blonde con los
que fueron y siguen siendo sus contemporáneos fundamentales.
Dylan es un Kerouac que canta. Es un Burroughs que musicalizó el gran
desfile de la generación beat, con sus fiestas salvajes y sus almuerzos
desnudos. Es lo que dijo Allen Ginsberg cuando describió la conmoción
que sintió en 1963 al escuchar por vez primera A Hard Rain’s A-Gonna
Fall, una canción en la que los acentos y el ritmo, los súbitos cambios
de énfasis, el viaje al corazón mismo de las palabras y la imaginación
son eco de la mejor literatura de la época… ¡y encima con música!
¿Por qué echar en cara a Dylan que sea músico, acusarlo del crimen de
superponer el ritmo del blues, el soul y el country a los de la Biblia,
William Blake y Walt Whitman? ¿Por qué negar al artista trashumante del
Never Ending Tour (¡más de dos mil presentaciones!) la honra que
acordamos sin la menor vacilación al autor de En el camino?
Fue Louis Aragon, si no me equivoco, el que dijo que musicalizar un
poema es como pasar del blanco y negro al color. Aragon, el poeta al que
cantaron Léo Ferré y otros, creía que un poema que no se canta está
medio muerto.
Pues bien, tal parece que Dylan fue el único de su era que supo
encarnar a fondo la musicalidad inherente a la gran poesía, esa segunda
voz que persigue a todo poeta, y que este en general delega a quien lo
recite o lea; el poder de la canción que es su verdad, definitiva y
secreta, por la que algunos se volvieron locos (literal y trágicamente
locos) tratando de sacarla de la jaula y llevarla al canto.
Bardo y rapsoda a la vez. Una revolución poético‑musical en un solo hombre y en una sola obra. Quiero pensar que fue este tour de force, este prolongado rapto de genio eternamente joven, lo que el comité del Nobel supo reconocer con su elección.
*Bernard-Henri Lévy is one of the founders of the “Nouveaux Philosophes” (New Philosophers) movement. His books include Left in Dark Times: A Stand Against the New Barbarism, American Vertigo: Traveling America in the Footsteps of Tocqueville, and the forthcoming Spirit of Judaism. Traducción: Esteban Flamini.
sábado, 2 de julio de 2016
miércoles, 11 de mayo de 2016
Unha estampa viguesa
Unha estampa viguesa: Celso Emilio Ferreiro, Camilo José Cela e Xosé María Álvarez Blázquez na rúa do Príncipe (1955)
martes, 10 de mayo de 2016
Absolutamente inaceptábel
Absolutamente inaceptábel. Que o presidente da Junta de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page aceptara en silencio entregar o pasado xoves en Toledo un premio a alguén de quen nin sequera fíxose público o seu nome.
Menos mal que a alcaldesa de Toledo, Milagros Tolón, tivo a decencia de non asistir ao acto e manifestar que "no puedo compartir actitudes que denigran a la mujer".
Un feito lamentábel e que para máis vergoña tivo lugar nunha universidade pública.
lunes, 9 de mayo de 2016
Europa, Europa
“Song for the Unification of Europe" da banda sonora da película “Bleu” (1993) dirixida por Krzysztof Kieslowski. Vaia polo 9 de maio, día de Europa.
Qué significa para mí ser 'europeo'. Por Jorge Sempún
Por Jorge Semprún
Para organizar mis ideas sobre Europa, deseo emprender tres viajes intelectuales con el fin de intentar abordar su realidad desde un punto de vista cultural e histórico.
El tema es vasto y muy rico. Es difícil encontrar formas apropiadas de atravesar esta inmensidad. Pero podemos situarnos comenzando con un recuerdo. Se trata de la Viena de 1935, hacia el final del gran periodo de la cultura vienesa. Es la ciudad en la que pintores y escritores son herederos de los grandes tesoros de la cultura europea. Aún vive allí Sigmund Freud.
El año 1935 es importante, el momento en el que los dos totalitarismos europeos -nazismo y estalinismo- empiezan a volverse en contra uno del otro. Los nazis se han hecho con el poder en Alemania y Austria ya ha empezado a sentir la podredumbre. Su Gobierno está cediendo ante el fascismo.
En Alemania, las SS de Hitler ya han empezando a liquidar a los plebeyos dentro de su propio movimiento, mientras que, en la Unión Soviética, Stalin comienza el exterminio de la vieja guardia bolchevique.
Dos años después, en 1937, durante la Exposición de París en la orilla derecha del Sena, los pabellones soviético y alemán se alzaban, desafiantes, uno frente a otro. En el pabellón de Hitler figuraban unas águilas gigantescas; el edificio soviético exhibía a los dos obreros metalúrgicos del Cáucaso cuya imagen se haría famosa en todo el mundo como expresión de un determinado ideal socialista. Ya entonces, algunas mentes lúcidas descubrieron en aquel enfrentamiento una sorprendente semejanza cultural en el surrealismo heroico presente en la escultura, el arte y la arquitectura de ambos pabellones.
La República Española tenía un pabellón en esa misma exposición. España se encontraba ya sumergida en el segundo año de la guerra civil. La República estaba acosada, en parte debido a la política de 'no intervención'. Sin embargo, aun a riesgo de parecer chauvinista, debo mencionar el atractivo de aquel modesto pabellón, moderno y aleccionador. Allí estaban el Guernica de Picasso, la Fuente de Mercurio de Alexander Calder, el último cuadro de Joan Miró: el arte más moderno y audaz de la época. Era el ejemplo de una próspera relación entre la vanguardia política y la cultural.
Dos años más tarde, en 1939, con el pacto germano-soviético, la República Española había desaparecido y los dos totalitarismos se disponían a repartirse Europa.
Praga: el heroísmo de la razón de Husserl. En mayo de 1935, en Viena, un viejo filósofo alemán llamado Edmund Husserl dio una serie de conferencias. Había huido de su Alemania natal por ser judío. Ya en 1928, su alumno de filosofía y discípulo Martin Heidegger había eliminado de las primeras páginas de su libro Ser y tiempo esta cálida dedicatoria: 'A su maestro, Edmund Husserl, con veneración y amistad'. No quedaba bien -por no decir algo peor- que un profesor de una universidad alemana insistiera en dedicar su libro a un judío que había sido expulsado del mundo universitario.
Se podría escribir un tomo entero sobre el significado de esa eliminación asesina, de esa negación. Al borrar el nombre, Heidegger pretendía barrer la decisiva contribución de la cultura judía a la lengua alemana desde la Universidad, desde la vida cultural alemana en su conjunto.
En 1838, Heine había escrito que la gran afinidad existente entre esas dos naciones innovadoras, el pueblo judío y el alemán, hacía que ambos estuvieran destinados a crear en Alemania, juntos, una nueva Jerusalén, una moderna Palestina. Era un sueño digno de la Ilustración: la fusión de las dos culturas. Y por aquel entonces se podía pensar que era posible, que nos dirigíamos hacia esa unión.
Al recordar a las grandes figuras de la literatura y la cultura alemana del periodo -Freud, Einstein, Kafka, sin olvidar a Elías Canetti y otros-, es evidente que el elemento judío de la cultura alemana hizo una aportación incalculable a la Europa de aquel tiempo. Y ahora, más de dos generaciones después, todavía sentimos su ausencia.
La aniquilación sigue ahí, nos persigue. Con el exterminio (y el posterior declive de la vida de la diáspora, desde la creación de Israel) desapareció esa cultura judía que era, al tiempo, europea y cosmopolita, y ésa es, sin duda, una de las grandes lagunas en la construcción actual de Europa.
Las conferencias de Husserl en 1935 estaban revestidas de términos filosóficos muy abstractos y rigurosos. Hablaba de filosofía en plena gestación de la crisis europea, y se hacía una pregunta crucial: ¿qué representa Europa hoy? Su primera respuesta era que Europa es, sobre todo, una entidad espiritual. No puede definirse por su carácter territorial.
'Percibo Europa', decía, 'no como un país que podamos delimitar en un mapa. Desde el punto de vista espiritual, está claro que Gran Bretaña y los Estados Unidos de América pertenecen a Europa.' Se puede ver inmediatamente a qué se refiere Husserl cuando habla del carácter espiritual de Europa: toda una tradición de pensamiento, una crítica en sentido amplio, que tiene sus raíces en nuestra historia cultural.
La Europa de Husserl no está vinculada a un trozo de tierra ni a todo un discurso sobre el carácter de nación. Es más, su segunda idea importante es el concepto de 'supranacionalidad'. Es la primera vez que un filósofo europeo delinea con claridad este concepto. Husserl defiende una transformación digna de Europa en su mejor aspecto: una supranacionalidad sin precedentes que nacería de la extraordinaria fuerza espiritual de Europa. Las naciones, afirma, sólo se unen gracias a los dictados del comercio y la perpetua contienda entre poderes, y es necesario avanzar más allá.
Lo sorprendente es que en estos textos no se hace mención del nazismo. Después del ciclo de conferencias, Husserl regresó a Alemania, donde viviría hasta su muerte, en 1939. Se convirtió al catolicismo tras refugiarse en un convento mientras huía de la persecución. Así es como se salvaron todos los manuscritos de aquellas conferencias: guardados en el convento y llevados a escondidas por los monjes hasta Lovaina.
La tercera idea de Husserl en este texto tan rico es su argumento de que la crisis europea de 1935 sólo podía resolverse de dos maneras. O bien veríamos la caída de Europa, su alejamiento espiritual de su propio significado, el desplome en el odio espiritual y la barbarie, o bien era posible que Europa experimentara un renacimiento espiritual, surgido del 'heroísmo de la razón'. Se le podría reprochar al autor una línea de pensamiento tan abstacta e imposible precisamente sobre un punto de la discusión tan importante. ¿Una filosofía idealista de la voluntad como único remedio para la desintegración de Europa? Demasiado confuso, sin duda.
No obstante, el 'heroísmo de la razón', aunque es un concepto abstracto, nos puede ayudar a desarrollar una metáfora histórica muy interesante y concisa. En aquella sala de conferencias de Viena, en 1935, estaba presente un joven estudiante checo de fenomenología llamado Jan Patocka, que, meses después, organizó en la misma ciudad su propio ciclo de conferencias, en el que repitió las ideas de Husserl sobre Europa.
Patocka, que en aquel entonces no tenía aún 30 años, es una de las figuras más interesantes e injustamente olvidadas de la filosofía europea. Estudió en la Universidad de Praga, pero el nazismo y (a partir de 1948) el régimen comunista le impidieron terminar sus estudios. Sus libros son, sobre todo, transcripciones de ponencias para seminarios privados, que más tarde se tradujeron al francés.
Uno de los tropos intelectuales característicos de Patocka era el regreso constante a la conferencia de Husserl sobre Europa. Compuso una colección de textos titulada Platón y Europa, y otra llamada La idea de Europa: un poema. Sus escritos políticos, recogidos en una antología en francés con el título Libertad y sacrificio, incluyen varios fragmentos sobre Europa. Y, de una manera tranquila, su propia vida refleja con gran exactitud la expresión de Husserl 'el heroísmo de la razón'.
Patocka fue, junto con Václav Havel y Jiri Hajek (ministro de Exteriores durante la breve Primavera de Praga), uno de los firmantes de la Carta 77, el movimiento de los intelectuales disidentes en Checoslovaquia. Jan Patocka murió el 13 de marzo de 1977, a los 70 años, después de haber sido duramente interrogado por la policía comunista durante 10 horas.
El día de su funeral, los helicópteros de la policía sobrevolaron el cementerio para evitar que la gente acudiera a la ceremonia. Cerraron todas las floristerías de Praga para que nadie pudiera comprar flores y ponerlas en su tumba. Una metáfora, en mi opinión, llena de fuerza.
Pensar que este filósofo que, de joven, asistió en Viena a aquella serie de conferencias sobre la lucha espiritual y filosófica por la supervivencia de Europa -la lucha contra la barbarie y la muerte de la vida espiritual- murió durante un interrogatorio de la policía, y que cerraron todas las floristerías mientras le enterraban... es verdaderamente tremendo.
Weimar y Buchenwald: Europa contra Europa. Tomemos ahora otro camino para desentrañar lo que me parece esencial en la cultura espiritual de Europa. Weimar, una pequeña ciudad alemana con una larga e importante historia político-cultural, es uno de los lugares más apropiados, tal vez, para inspirar una meditación sobre Europa, o incluso el mundo.
En una isla situada en el río que sale desde el terraplén donde se encuentran las murallas de la vieja ciudad, encontramos la casa de verano y el jardín que pertenecieron a Goethe. Allí, rodeados de recuerdos de aquel hombre que fue un gran europeo, uno de los defensores de su cosmopolitismo en el sentido más profundo, podemos reflexionar sobre lo que ha sido de Europa.
Es un lugar extraordinario, desde luego. Porque Weimar no sólo fue la 'capital cultural de Europa' en 1999, una ciudad en la que todavía se puede ir desde esta casa de verano a visitar los archivos de Schiller o Nietzsche; además está a pocos kilómetros de lo que fue el campo de concentración nazi de Buchenwald. Una proximidad extraña y, a la vez, muy instructiva.
Esta circunstancia nos sirve como una especie de 'atajo' para abarcar la historia política y cultural de Alemania. En los años veinte, Weimar fue el lugar en el que, sólo por segunda vez en la historia del país, la Asamblea Nacional Alemana se reunió con el fin de intentar elaborar una Constitución para lo que acabó siendo la República de Weimar. Los delegados intentaron crear un semillero de democracia parlamentaria que, al final, los nazis destruyeron y enterraron bajo sus osarios.
Ahora que tanto la República de Weimar como el campo de Buchenwald han desaparecido, podemos empezar a ver lo que significa Europa; algo construido precisamente contra el fascismo y contra el estalinismo. Este aspecto era ya totalmente visible en 1937, cuando los nazis pusieron Buchenwald en marcha.
Al principio, se llenó con la oposición política alemana, los comunistas y socialdemócratas. Después, claro está, se convirtió en un campo internacional en el que estaban representados todos los pueblos de Europa. Pero no era un campo de exterminio, como Auschwitz o Birkenau. No tenía cámaras de gas. Era un campo en el que se destruía a la gente con el trabajo forzado, no mediante la eliminación repentina.
El campo lo cerró el Tercer Ejército norteamericano, dirigido por el general Patton, y en junio de 1945 estaba vacío. Pero en septiembre de aquel mismo año volvió a abrirse como campo especial bajo la autoridad de las fuerzas soviéticas, y hubo que esperar a 1950 (tras la creación de la República Democrática Alemana) para que cerrara definitivamente y se convirtiera en un lugar de recuerdo. Por consiguiente, se trata de un sitio lleno de significado.
En él se alza un museo del nazismo. Pero hay que leer en los carteles de las muestras con gran cuidado si no se quiere salir con la impresión de que el campo lo liberó el Ejército Rojo, y no los norteamericanos. De forma que ahora existe otro museo más pequeño junto al primero, que cuenta la historia del campo soviético. En Buchenwald tenemos la historia de Europa en un impresionante resumen, la historia de la Europa contra la que se construye la Europa de hoy.
Londres: Orwell redescubre la democracia. Debemos dar un último rodeo por Londres. George Orwell (cuyo verdadero nombre, como saben, era Eric Blair) luchó en España, en una Brigada Internacional relacionada con la extrema izquierda europea -una agrupación diametralmente opuesta al estalinismo-, cuya representación local era el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Plasmó su experiencia en un libro fantástico, Homenaje a Cataluña. A mediados de 1940 comenzó otro libro extraordinario, El león y el unicornio, que terminó en 1941, justo antes de que los nazis invadieran la Unión Soviética.
Orwell, internacionalista y marxista de extrema izquierda, enemigo del estalinismo y acosado a diario por las incursiones aéreas de la Luftwaffe ('Mientras escribo, unos seres humanos muy civilizados vuelan sobre mi cabeza e intentan matarme'), reaccionó de forma sorprendente: se propuso redescubrir Inglaterra.
El león y el unicornio es un libro pionero, en el que reclama un sentido de identidad nacional alguien que se vio empujado al radicalismo extremista precisamente por su internacionalismo (uno de los motivos de su oposición al estalinismo era que había abandonado la idea internacionalista para dedicarse a construir 'el socialismo en un solo país').
Desde la perspectiva actual, el encuentro de Orwell con Inglaterra es un redescubrimiento no sólo de la identidad, sino también de la democracia liberal, por parte de una persona que procedía de una posición marxista. Porque hay que explicar que la democracia liberal no sólo estaba en el punto de mira de fascistas y nazis, sino también de la extrema izquierda.
Era una democracia anquilosada, manchada por 'el pensamiento judeo-bolchevique', y que tenía enemigos en ambos bandos. De forma que, hoy, el ensayo de Orwell parece tener también como tema esencial la democracia, como condición previa universal de las sociedades occidentales.
Quizá debería haber empezado por aquí. Pero voy a terminar con ello, o volveré a comenzar. Porque en Europa, hoy, está muy claro que la unidad europea sólo puede fundarse en la razón democrática, los principios de la democracia y la certeza de sus valores. Muchos intelectuales de Occidente acostumbran a poner en duda o denigrar el carácter universal de la democracia. En su lugar, prefieren defender los valores locales de la vida comunitaria, la calidez y el apoyo existentes en esas comunidades, la comunidad en sí.
Sin embargo, en la Europa que estamos construyendo, los principios básicos de Orwell, universalistas y democráticos, pueden trasladarse a los valores locales de muchas maneras. Y, sobre esta base, está perfectamente claro que la unidad de Europa, hoy, sólo puede construirse a través de la diversidad.
Existen quienes afirman, con una ecuanimidad extraordinaria, que Europa debe tener una única lengua, como el latín medieval en la Edad Media. En mi opinión, eso sería un desastre. Equivaldría a renunciar a nuestra historia y nuestras raíces comunes. Algunos partidarios de esa medida están convencidos de que el francés es el único idioma que merece ocupar esa posición, debido a su claridad, su capacidad de abstracción y su precisión. Pero la base democrática de Europa debe construirse partiendo del conocimiento de varias lenguas, no con la imposición de una nueva lingua franca.
A diferencia de otras regiones del mundo, Europa tiene la oportunidad de recurrir a una gran variedad de lenguas y culturas, y eso es una enorme ventaja lingüística. (El idioma más hablado en el mundo es el chino). Ahora bien, entre ellas dispone de tres lenguas intercontinentales, si no universales: inglés, español y francés. Me voy a permitir otro instante de chauvinismo para decir que la única lengua que se encuentra irresistiblemente en expansión en el mundo actual es el español. El inglés también se extiende, pero va muy por detrás. El español incluso compite con el inglés en Estados Unidos, que constituye el bastión de la lengua inglesa en el mundo actual.
Por tanto, con tres lenguas universales en Europa, tenemos la posibilidad de construir el carácter espiritual europeo a través de la diversidad y el respeto cultural, el conocimiento y la práctica de todas las lenguas y culturas. Hoy, la unidad europea tiene que adquirir sentido a través de su diversidad cultural en la teoría y la práctica: y eso significa que todo el mundo, en Europa, hable al menos dos lenguas europeas.
Este texto ha sido publicado originalmente en inglés por openDemocracy.
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