"Ás catro da mañá, nunca se sabe se é demasiado tarde, ou demasiado cedo". Woody Allen







miércoles, 2 de febrero de 2011

Adeus White Stripes...

Cómo me fixen socialista...


Cómo me hice socialista
Por Jack London*
.

Es bastante justo decir que yo llegué a ser socialista de manera muy semejante a aquella por la cual los teutones se convirtieron en cristianos, me hicieron a golpes. No solamente no estaba buscando al socialismo en la época de mi conversión, sino que lo estaba combatiendo. Era muy joven e inexperto, no sabía mucho de nada, y aunque nunca había oído hablar de una escuela llamada individualismo, cantaba el himno de los fuertes con todo mi corazón.
.
Eso sucedía porque yo mismo era fuerte. Por fuerte quiero decir que tenía buena salud y fuertes músculos, posesiones ambas fácilmente comprobables. En mi niñez había vivido en las haciendas de California, en mi adolescencia repartiendo diarios en las calles de una saludable ciudad del oeste, y en mi juventud, en las aguas cargadas de ozono de la bahía de San Francisco y del Océano Pacífico. Me gustaba la vida al aire libre y trabajaba a cielo abierto en los trabajos más duros. Sin aprender ninguna profesión, pero deslizándome de ocupación en ocupación, observé el mundo y lo consideré bueno, hasta en lo más insignificante. Permítanme repetir, ese optimismo se debía a que yo me sentía sano y fuerte, sin preocupaciones de dolores ni debilidades, nunca rechazado por el patrón porque pareciera incapaz, siempre apto para encontrar un trabajo como paleador de carbón, como marinero, o un trabajo manual.
.
A causa de todo esto, exultante con mis pocos años, capaz de mantenerme firme en el trabajo o en la lucha, era un individualista desenfrenado. Era muy natural. Era un triunfador. Por eso yo llamé al juego, mientras observaba cómo se desarrollaba, o pensaba que lo hacía, un juego apropiado para HOMBRES. Ser un HOMBRE era escribirlo con grandes mayúsculas en mi corazón. Arriesgarse como un hombre, pelear como un hombre y hacer el trabajo de un hombre (aun por la paga de un niño), eran cosas que me llegaban profundamente y que se apoderaban de mí como ninguna otra. y miraba hacia adelante la perspectiva de un brumoso e interminable futuro en el que, jugando lo que creía que era un juego de HOMBRES, continuaría viajando con una salud inagotable, sin accidentes y con músculos siempre vigorosos. Como digo, ese futuro era interminable. Podía verme a mí mismo, bramando por una vida sin final como una de las rubias bestias de Nietzsche, vagando lujuriosamente y conquistando por mi plena superioridad y fuerza. En cuanto a los desafortunados, los enfermos, los achacosos, los viejos y mutilados, debo confesar que había pensado muy poco en ellos, excepto que vagamente sentía que, fuera de los accidentes, podían ser tan buenos como yo si lo deseaban con verdadero ahínco y trabajar igualmente bien. ¿Accidentes? Bueno, representaban al DESTINO, también deletreado con mayúsculas, y yo no estaba rondando el DESTINO. Napoleón había tenido un accidente en Waterloo pero eso no enfrió mi deseo de ser otro moderno Napoleón. Más adelante, el optimismo emanado de un estómago que podía digerir hierro viejo y de un cuerpo que se reía de la fatiga, me impedía pensar en los accidentes relacionándolos, ni aun remotamente, con mi gloriosa persona.
.
Espero haber dejado en claro que estaba orgulloso de ser uno de aquellos a quienes la Naturaleza había dotado de mejores armas. La dignidad del trabajo era lo que me impresionaba más notablemente en el mundo. Sin haber leído a Carlyle ni a Kipling, yo creaba un evangelio del trabajo que oscurecía el de ellos. El trabajo era todo. Era santificación y salvación. El orgullo que me invadía después de un día de duro trabajo sería inconcebible para ustedes. Es casi inconcebible para mí, ahora que recuerdo. Yo era el más verdadero esclavo del trabajo que un capitalista haya explotado nunca. Desatender el trabajo o fingirme enfermo ante el hombre que me pagaba el sueldo era un pecado, primero, contra mí mismo, segundo, contra él. Lo consideraba un crimen, solamente inferior ala traición y tan malo como ella.
.
En suma, mi alegre individualismo estaba dominado por la ética burguesa ortodoxa. Leía los diarios burgueses, escuchaba a los predicadores burgueses y oía las trivialidades de los políticos burgueses. Y no dudo que, si otros acontecimientos no hubieran cambiado el curso de mi vida, habría llegado a ser un rompehuelgas profesional ( uno de los héroes norteamericanos del presidente Eliot), tendría mi cabeza y mi capacidad de procurarme el sustento aplastada por un garrote empuñado por algún militante de los sindicatos.
.
Alrededor de esa época, cuando volvía de un viaje de siete meses por el mar, ya doblados los dieciocho, se me puso en la cabeza irme a vagabundear. Sobre pescantes u oscuros equipajes, peleé mi camino desde el oeste abierto, donde los hombres doman fuerte y el trabajo anda a la caza del hombre, a los congestionados centros laborales del este, donde los hombres eran pequeñas papas arrugadas y cazaban un empleo por todo lo que poseían. y en esta nueva aventura de bestia rubia me encontré a mí mismo considerando la vida desde un ángulo totalmente diferente. Había caído del proletariado en lo que los sociólogos gustan llamar el décimo sumergido, y comenzaba a descubrir la forma en la que era reclutado ese décimo.
.
Encontré allí a toda clase de hombres, muchos de los cuales habían sido alguna vez tan buenos como yo e igualmente bestias rubias; marineros, soldados, trabajadores, todos torcidos, deformados y doblegados por el trabajo, las fatigas y los accidentes y arrojados a la ventura por sus amos como tantos caballos viejos. Yo golpeaba las dragas y daba portazos con ellos o temblaba en el pescante de los coches y en los parques de la ciudad, escuchando mientras tanto historias de la vida real que habían comenzado con tan buenos auspicios como la mía, con digestiones y cuerpos iguales o mejores a los míos, y que terminaron ante mis ojos en los mataderos, en lo más profundo del abismo social y mientras escuchaba, mi mente comenzó a trabajar. La mujer de la calle y el hombre del arroyo respiraban junto a mí. Vi tan vívidamente el cuadro del abismo social como si fuera algo concreto, y en lo más profundo los vi a ellos, y a mí, un poco más arriba, colgando de la pared resbaladiza merced a toda mi fuerza y sudor Confieso que el terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedería cuando fallasen mis fuerzas?Cuando fuera incapaz de trabajar hombro con hombro con los hombres fuertes que hasta ayer todavía no habían nacido?. Allí y entonces hice un gran juramento. Era así, más o menos: Todos los días he trabajado duramente con mi cuerpo, de acuerdo con el número de días he trabajado, y justamente por eso estoy más cerca del fondo del pozo. Saldré fuera de él, pero no podré hacerlo mediando mis músculos. No haré más trabajos pesados y que Dios me castigue con la muerte si hago otra vez con mi cuerpo más de lo que necesariamente deba hacer. y he estado ocupado desde ese momento en escapar del trabajo pesado.
.
Incidentalmente, mientras recorría vagabundeando unas diez mil millas por Estados Unidos y Canadá, me extravié en las cataratas del Niágara, fui prendido por un alguacil de un feudo de caza, se me negó el derecho a defenderme y fui sentenciado inmediatamente a treinta días de prisión por no tener residencia fija y medios visibles de ganarme la vida. Esposado y encadenado a un puñado de hombres en las mismas condiciones, fui llevado en un carro por el campo a Buffalo, registrado en la Penitenciaría del condado de Erie; tuve mi cabeza pelada y afeitado mi crecido bigote, fui vestido con las ropas rayadas de los convictos, compulsivamente vacunado por un estudiante de medicina que practicaba con nosotros, encerrado en un calabozo y luego puesto a trabajar bajo la mirada de guardias arma dos con Winchester; todo por aventurarme a la manera de las bestias rubias. No agregaré más detalles, aunque podría insinuar que algo del pletórico patriotismo nacional hervía a fuego lento y se filtraba del fondo del alma por algún lado. Por lo menos desde esa experiencia él encuentra que se preocupa más por los hombres, las mujeres y los niños que por imaginarias líneas geográficas. Volvamos a mi conversión. Pienso que es manifiesto que mi exuberante individualismo me fue quitado a martillazos y que otra cosa me fue colocada de la misma forma. Pero, de la misma manera que había sido un individualista sin saberlo, ahora era un socialista sin saberlo, o sea, un socialista no científico. Había nacido nuevamente, pero no me había rebautizado, y andaba de un lado a otro para encontrar qué era. Corrí a California y abrí los libros. No recuerdo cuáles abrí primero. Es un detalle sin importancia de cualquier manera. Yo ya era Eso, cualquiera que fuese, y con la ayuda de los libros descubrí que Eso era el Socialismo. Desde ese día he abierto muchos libros, pero ningún argumento económico, ninguna demostración lúcida de la lógica e inevitabilidad del socialismo me afecta tan profunda y convincentemente como fui afectado el día en que por primera vez vi las paredes del abismo social crecer a mí alrededor y me sentí deslizándome hacia abajo, hacia abajo, hacia el matadero, en el fondo.

* Jack London, un dos mellores escritores norteamericanos e universais, nado un 12 de xaneiro de 1876 e morto un 22 de novembro de 1916, Autor de Colmillo Blanco, The Call of the Wild (traducida na súa edición en español como La llamada de lo salvaje e La llamada de la selva), e outros cincuenta libros.

sábado, 29 de enero de 2011

Pesimismo...


Esta táboa corresponde a unha enquisa realizada en 25 estados pola Fondation pour l´innovation politique a través de máis de 30.000 entrevistas e que fíxose pública a semana pasada. Unha enquisa entre mozos de menos de 30 anos. Na primeira columna, móstrase o grao de confianza "da xente nova" no seu propio futuro (as porcentaxes de quen cren que "O meu futuro é prometedor"). Na segunda columna, o grao de confianza no futuro do seu propio país ("o futuro do meu país é prometedor"). E o resultado salta á vista. En termos de optimismo, de confianza no seu propio futuro e no do seu país... sen ánimo de contradicir "a xente nova" lembrarlles que o futuro se gaña ou se perde. Pero hai que traballalo, ainda que pareza o contrario, o futuro non vén do ceo (con perdón)...

sábado, 22 de enero de 2011

A Shoah é nós


Cada 27 de xaneiro, desde que no ano 2005 e con máis de medio século de retraso as Nacións Unidas, na súa resolución 60/7, declarasen que o día no que en 1945 Auschwitz-Birkenau foi liberado, ficara por sempre como día de recordo e homenaxe ás vítimas do Holocausto, cada 27 de xaneiro, repito, alumea como un faro a nosa conciencia. Tamén a nosa. Aquí, na fisterra das Europas. Porque Galicia non é só parte de Europa, Galicia é parte fulcral do sentido de Europa. Da nosa Europa coas súas grandezas e da nosa Europa coas súas miserias. Europa e a súa conciencia de ser, non sería a mesma sen os Camiños de Santiago que durante séculos vertebraron a vida e cultura no vello continente.
.
E o vindeiro 27 de xaneiro Europa lembra de novo, unha das súas páxinas máis negras, máis infames, o intento no corazón civilizado da Vella Europa, de exterminar ao Pobo Xudeu. De arricar a súa pegada da historia e da vida do noso vello continente e da Terra.
.
Dentro de non moitos anos desapareceran os que sufriron a deportación aos campos de exterminio. E cando eles desaparezan, deberemos ser todos e todas nós os que collamos o relevo cívico do seu recordo. Dicía Violeta Friedman, sobrevivinte da Shoah que viviu e morreu en España: "Sei que a miña voz se perde no devastador ruído do tempo, agardo que as xeracións vindeiras non nos esquezan". Non podemos ser cómplices co noso silencio, coa nosa indiferenza. En poucos anos deberemos dirimir se o recordo venceu ao esquecemento ou o esquecemento ao recordo,
.
Pasaron xa 66 anos durante os cales os acontecementos na terra e no tempo de Europa fixeron mudar radicalmente o escenario no que só hai pouco máis de medio século, o terror e a maldade absoluta reinaron da man e na bota do fascismo hitleriano.
.
Mais a barbarie desatada nos Balcáns, non hai tanto, obríganos a reiterar a pertinencia e a obriga de, militando con paixón na nosa condición humana, dicir máis unha vez todos os 27 de xaneiro: nunca máis.
.
http://www.farodevigo.es/opinion/2011/01/20/shoah-e/510654.html

miércoles, 19 de enero de 2011

Elogio del individuo...



Por José Luis Pardo, filósofo

LA VANGUARDIA - 16/01/11
.
La idea de contraponer individuo y sociedad,como si fueran los términos de una batalla encarnizada entre contendientes irreconciliables, expresa de un modo sintomático hasta qué punto se han empobrecido y desdibujado en nuestros días ambos conceptos. Empecemos por la idea de lo individual,cuya principal perversión consiste en que hemos llegado a pensar que para ser un individuo hay que ser específicamente diferente de todos los demás, cuando es exactamente al contrario. La confusión que subyace a esta incongruencia es la de la individualidad con la identidad.La identidad de un individuo es, en efecto, un rasgo diferencial; pero no es uno determinado ni una colección de ellos: como habría dicho Nietzsche, “no hay hechos diferenciales, sino interpretaciones diferenciales (o identitarias) de los hechos”; y, como prueba toda la evidencia antropológica disponible, el rasgo diferencial que una comunidad elige para representar su identidad es precisamente aquel que garantiza la contraposición antagónica con la comunidad rival de referencia para su autoafirmación (árabes frente a israelíes, proletarios frente a burgueses, etcétera) y, por tanto, no es en absoluto un rasgo individual sino colectivo.
.
Gravita con tal fuerza – y con tanto peso histórico-sobre nosotros esta noción de identidad, que vemos a los individuos como pequeñas naciones o miniclases sociales, a la manera como el Aquinate describía a los ángeles del cielo, cada uno de los cuales sería una especie con un único espécimen. Lo cierto es, sin embargo, que lo que nos hace individuales no es aquello en lo que nos distinguimos de nuestros congéneres sino, al revés, aquello en lo que convenimos con todos ellos: y es que, a diferencia de las naciones, las clases sociales, los ángeles o los héroes del celuloide, nosotros, los individuos, tenemos un cuerpo caduco, vulnerable e insustituible, susceptible por tanto de ser atormentado y exterminado. El desprecio por la individualidad no consiste, en consecuencia, en las afrentas y las heridas lanzadas contra la identidad (pues ella se alimenta en secreto de tales ultrajes), sino en aquellas actitudes que desdeñan o minimizan la importancia del sufrimiento y la muerte de los individuos, considerándolos simples instrumentos al servicio de esas otras identidades (presuntamente) imperecederas.

Vayamos ahora con la sociedad.Thomas Hobbes, a quien tantas veces recurrimos para representarnos los orígenes de la sociedad moderna, era consciente de todo lo anterior cuando pintó la escena fundacional del pacto social como si estuviera únicamente integrada por individuos sin rasgo diferencial alguno, sin identidad ni comunidad de pertenencia (pero sin embargo mortales y conscientes de su vulnerabilidad, pues fue el miedo a morir lo que les llevó a la convocatoria de aquel contrato). Así pues, los que se reúnen para discutir el pacto social no pueden ser nadie ni nada en particular (deben estar cubiertos por lo que John Rawls llamaba el velo de ignorancia),no pueden ser ni pobres ni ricos, ni normandos ni bretones, ni herreros ni caballeros, ni campesinos ni nobles, ni artesanos ni señores, precisamente para poder firmar el contrato al que van a vincularse, ya que son ellos – hombres sin cualidades ni atributos, sin rostro y sin linaje-quienes van a establecer el único límite, la ley que a partir de su asamblea quedará fijada como vigente y a la que todos vendrán obligados, negando legitimidad a cualquier poder anterior o exterior a ese acto originario. Y sólo entonces, una vez establecida la constitución, podrán estos don nadies que son los ciudadanos modernos llegar a ser flamencos o valones, maestros de artes o albañiles, monarcas o vasallos, burgueses o proletarios. Naturalmente que la escena descrita por Hobbes es una ficción o, como decía María Zambrano, una “verdad que llegará a ser”.
.
Y eso significa precisamente que el individuo, considerado ahora como firmante del pacto, no solamente no es algo que amenace la cohesión de la sociedad con su egoísmo desconsiderado, sino que, allí donde lo hay, es el producto evolutivo superior de la sociedad, el precipitado exquisito y el resultado afortunado y exitoso de la socialización, que ha realizado al final la ficción del individuo libre enarbolada como principio. Si esto también se nos oculta, es porque hemos perdido de vista que la individualización no es un proceso progresivo de cierre sobre lo propio de cada uno (su familia, su lengua, su sexualidad, etcétera), sino un desarrollo de apertura por el cual el sujeto se eleva desde esos órdenes locales hasta un plano virtualmente universal en donde puede ponerse en el lugar de cualquier otro tanto a efectos teóricos como éticos. Y si hemos perdido de vista este proceso es porque estaba encomendado básicamente a unas instituciones educativas que últimamente han preferido invertir el curso y reforzar a su clientela en lo propio yen lo privado más que en lo público y comúnmente humano.